Volver a la música, volver a uno mismo.
Hay aprendizajes que nunca desaparecen. Permanecen en la memoria, en los gestos y en la forma de mirar el mundo. A veces solo necesitan tiempo para volver a ocupar el lugar que siempre les perteneció.
La historia de Andrea Zapata-Girau es la de ese regreso. Cineasta e investigadora, después de una trayectoria profesional internacional decidió volver a la guitarra y hacerlo precisamente donde todo había comenzado: en Mayeusis.
En esta conversación nos habla de la importancia de los maestros que dejan huella, de la música como hilo conductor de una vida, del valor de aprender en comunidad y de la emoción de compartir ahora esa experiencia con su propia hija. Un testimonio que nos recuerda que la educación musical va mucho más allá de aprender un instrumento: es una forma de crecer, de escuchar y de construir un vínculo que permanece con nosotros para siempre.
Te invitamos a descubrir su historia.
¿Cómo quieres que te presentemos? (Ej. Nombre, edad…)
Si es en tercera persona: Andrea Zapata-Girau, cineasta e investigadora en los campos del cine y la música. Sus películas han sido presentadas en festivales como los de Las Palmas, La Habana, Gotemburgo, Winterthur, Cannes, Zinebi, D’A y Cineuropa, y en instituciones culturales como la Filmoteca Española, el CCCB de Barcelona, el Museo Sitio de Memoria de Buenos Aires, el teatro Symphony Space de Nueva York y la Gran Sala de Oración de la Sinagoga de Toledo. Tiene un grado en Culture and Arts (especialidad en montaje cinematográfico) por la School of Art, Music and Media de la Universidad de Ciencias Aplicadas de Tampere (Finlandia), un máster en Industria Musical por la Universidad de Santiago de Compostela y otro en Cine por la Universidad Internacional de La Rioja. Alumna de Mayeusis de Vigo entre 1991 y 2004 y nuevamente entre 2024 y 2026.
¿Qué estudiaste en tu primera etapa en Mayeusis y qué destacarías de ella?
Comencé en Mayeusis en 1991, con cuatro años, y estudié desde pre-musical hasta el último curso de grado profesional, que dejé sin terminar. Formé parte del coro y de la entonces llamada «orquesta de guitarras» y cursé durante varios años la doble titulación que se ofrecía con la Guildhall School de Londres.
Mayeusis fue una experiencia fundamental en mi infancia y adolescencia por la formación musical que recibí, las personas que encontré y el sentido de pertenencia que me ofreció. Algunos profesores definieron de una manera muy directa mi relación con la música y condicionaron positivamente decisiones importantes de mi vida.
¿Por qué decidiste retomar tus estudios musicales? ¿Por qué en Mayeusis?
Fue una necesidad casi física de volver a la guitarra. Nunca me alejé realmente de la música, pero mi relación con ella se había desplazado hacia otros ámbitos: la dirección de cine sobre música, la colaboración con músicos en bandas sonoras, la organización de conciertos y giras para músicos de jazz, flamenco y música cubana, un máster en Industria Musical, investigación académica y, en lo personal, años casada con un extraordinario músico neoyorquino de jazz latino, ya fallecido. La guitarra había quedado en un segundo plano. Rodeada de tan grandes músicos, prefería escuchar y observar. Pero al ver a mi hija avanzar con el violonchelo y la trompeta apareció con fuerza ese deseo de recuperar una relación directa con mi instrumento y también de cerrar algo que había dejado sin terminar.
Que ese regreso ocurriera precisamente en Mayeusis tenía un fuerte componente emocional. No es habitual poder regresar al mismo lugar donde estudiaste de niña y adolescente, todavía con los mismos profesores y la memoria de una formación que te marcó tanto. A eso se sumaba una razón práctica: hacer coincidir mis horarios con los de mi hija.
¿Qué instrumento elegiste? ¿Por qué?
Recuerdo con mucha más intensidad la elección del instrumento a los siete años que decisiones académicas posteriores. Durante un tiempo parecía que estudiaría clarinete o flauta travesera. Mi profesor de pre-música y CODIM (un curso que había de orientación a la elección de instrumento), Juan Carlos Vázquez (cuarteto Caramuxo), era clarinetista y pensaba que esos instrumentos podían ser buenos para mí. Además, en Mayeusis daba clases de flauta Paulius Koncė, que venía de enseñar en la Escuela Nacional de Arte M. K. Čiurlionis de Lituania y dirigir la orquesta de cámara de la Universidad de Vilnius, lo que había llevado a varios amigos de mis padres a apuntar a sus hijos a flauta.
Sin embargo, asistí a un aula abierta de guitarra y me gustaron los profesores, Pedro Díaz y Ernesto Campos, el ambiente entre los alumnos mayores, y el aula en sí, que daba a un descampado con mucha luz y pájaros, tenía plantas, una pared de espejo y una guitarra reconvertida en reloj. Poco antes me habían llevado a escuchar un concierto de David Russell. A eso se sumó una observación de mi madre que me pareció muy convincente: con la guitarra podría tocar y cantar al mismo tiempo (una dirección que aún no he explorado).
Además de guitarra, estudié varios años de percusión con Marcos Valcárcel y de guitarra eléctrica con Pedro Díaz, y un año de canto con Isidro Betancourt.
¿Tenías alguna dificultad o bloqueo al empezar?
No recuerdo un inicio como tal. Recuerdo estar ya en Mayeusis, salir de mi escuela preescolar y luego del colegio e ir a esas clases, practicando flauta dulce en el coche con mi querido amigo y vecino en Coya Álvaro Gago, ahora también cineasta. Quizá en los primeros años tenía alguna dificultad con la lectura a primera vista, que resolvía memorizando, pues aún recuerdo de memoria lecciones de mi primer libro de solfeo.
¿Qué habilidades desarrollaste durante tu formación?
Mi primera etapa en Mayeusis (1991–2004), más allá de habilidades técnicas y conocimientos teóricos, me dio herramientas para ordenar la atención, trabajar la disciplina y construir espacios de sentido y continuidad que me han acompañado más allá de la práctica musical. Mirando atrás, creo que una de las enseñanzas más importantes fue aprender a relacionarme con la dificultad y entender que muchos problemas que parecen definitivos acaban resolviéndose si se abordan por partes, con paciencia y estrategia. También aprender a convivir con el error sin dramatizarlo, verlo como parte natural del proceso.
En mi adolescencia fue determinante pasar tantas horas dentro de pasajes de gran belleza y complejidad de compositores como Heitor Villa-Lobos, Agustín Barrios, Francisco Tárrega, Isaías Savio o Leo Brouwer. Creo que enfrentarse a esa edad a repertorios de tal riqueza emocional desarrolla una sensibilidad especial hacia distintos estados internos, propios y ajenos. Son músicas que te obligan a escuchar con atención y terminan afinando también tu mirada, lo que crea en ti un espacio fértil también para otros lenguajes artísticos. Además, una vive esa experiencia junto a compañeros que atraviesan procesos similares desde sus instrumentos.
Más allá del repertorio oficial de guitarra, aquellos años me permitieron descubrir una enorme variedad de música que todavía conservo, en algunos casos, en cassettes y CDs grabados por profesores. Pedro Díaz me acercó a guitarristas como Django Reinhardt, Baden Powell, John Lee Hooker y Alain Giroux, a músicas del Caribe británico y bandas sonoras de Henry Mancini, Nino Rota o de películas del Oeste. Ernesto Campos me hizo interesarme por la música renacentista (John Dowland, Luis de Narváez, Alonso Mudarra…) y boleros clásicos como Reloj no marques las horas, que tocábamos en su entonces llamada «orquesta de guitarras». Luis Caballero Varona me hizo descubrir la música clásica cubana de finales del XIX e inicios del XX (Ignacio Cervantes, Manuel Saumell, Ernesto Lecuona…) y Marcos Valcárcel adentrarme en la música cubana bailable de los años 1930-1960, la trova y la rumba afrocubana. Y con Rimas Zdanavičius aprendí a cantar con 8 años el conmovedor Stabat Mater de Pergolesi, que no ha dejado de acompañarme. Siempre salía de esas clases con la sensación de que aún me quedaban miles de maravillas por descubrir.
Aquella relación cercana con esos profesores, tan generosos compartiendo información, marcó también mi forma de relacionarme después con el mundo adulto en la universidad: buscar voces expertas de las que aprender, acudir sin temor a personas con una gran autoridad intelectual o artística y establecer con ellas una relación menos condicionada por lo jerárquico y lo generacional.
En esta segunda etapa en Mayeusis (2024–2026) he desarrollado sobre todo el gusto por la comparación de interpretaciones y por los procesos de digitación, que he empezado a entender no solo como una cuestión técnica, sino como una herramienta de pensamiento musical, con sus múltiples lógicas y dimensión creativa. Me interesa especialmente observar la lógica con la que digita mi profesor de guitarra, las facilidades que abre en lugares donde yo no veía esa opción. También cómo trabajamos en clase la interpretación a partir de la acentuación rítmica, las dinámicas y el timbre, cómo pequeñas decisiones pueden transformar por completo el carácter de una pieza. Además, en este regreso he podido abordar un repertorio que me gusta especialmente y que años atrás me habría parecido inalcanzable: obras de Franz Casseus, Silvius Leopold Weiss, João Pernambuco, Antonio Lauro, Manuel María Ponce, Manos Hadjidakis, Paulinho Nogueira y Garoto.
Al mismo tiempo, el combo de jazz de Felipe Villar me ha dado herramientas para empezar a acompañar e improvisar; las clases de análisis y composición con Ernesto Campos me han permitido iniciarme en el hacer arreglos; las clases de canto con Isidro Betancourt me han ayudado a comprender mejor el papel de la técnica vocal y tomar más conciencia del cuerpo al cantar; y la asignatura de Pedagogía Musical de Paula Lago me ha permitido conceptualizar experiencias musicales previas y combinar, en el diseño de materiales didácticos y en las prácticas con alumnos de Grado elemental, las corrientes pedagógicas estudiadas en clase y mis conocimientos de cine musical y de músicas populares de Cuba, Puerto Rico y Brasil.
¿Cómo fue tu proceso (años, experiencias)?
Mi proceso con la música ha tenido tres etapas:
Primero, una infancia y adolescencia marcadas por la formación que recibí en Mayeusis y por unos padres que escuchaban mucha música (de canto gregoriano a Brassens, Paulinho da Viola, Paco de Lucía, Jaco Pastorius, Voces búlgaras, Cesária Évora, Radio Clásica, Radio3…) y me llevaban a tiendas de discos y a conciertos. Mi padrino me contaba argumentos de ópera para dormir y parecía siempre conmovido por alguna nueva mezzosoprano que había descubierto.
Después hubo una pausa en mi formación instrumental y en la práctica cotidiana, que coincidió, sin embargo, con años de intenso aprendizaje relacionado con la escucha, la industria musical y las escenas del jazz, el flamenco y distintas músicas caribeñas.
Por último, a los 37, el regreso a Mayeusis, ya siendo madre de una aplicada estudiante de chelo y trompeta, con la intención de no dejar la guitarra nunca más. Durante el tiempo en que dejé de tocarla de forma cotidiana realmente sentía que estaba desatendiendo algo importante.
¿Qué momento marcó un antes y un después en tu evolución?
Probablemente el regreso a las clases de guitarra con Pedro Díaz el curso pasado.. Al enfrentarme a nuevo repertorio y tratar de poner en práctica sus indicaciones reaparecieron sensaciones antiguas: ciertas lógicas, dificultades y torpezas, y un tipo de concentración muy particular. Fue como reencontrarme con mecanismos en mi cabeza que llevaban años inactivos y en los que curiosamente me reconocía mucho. Había además bastante humor en eso, en reconocerme más en mis imprecisiones y torpezas con la guitarra ahí frente a Pedro, que en mis logros más visibles en otras áreas de la vida.
Otro momento clave fue a los 19-20 años, cuando en mis primeros años en Finlandia trabajé amenizando con la guitarra inauguraciones en un museo y empecé a sentirme cómoda tocando en público el repertorio de mis últimos años de conservatorio.
¿A qué te dedicas actualmente? ¿Cómo influye la música en tu trabajo?
Dirijo, escribo y monto películas, además de investigar sobre cine musical (en sentido amplio: películas con una relación estructurante o temática con la música) e impartir clases y talleres. Mucho de lo que aplico al lenguaje del cine lo comprendí antes a través de la música: el ritmo, la estructura, la textura, ciertas líneas de continuidad que inicialmente pasan desapercibidas, la gestión de la emoción, de la repetición con variación o los cambios de “color”.
Mi primer largometraje, Guitarra de palo (2013), gira precisamente alrededor de la guitarra (flamenca), con músicos extraordinarios como los guitarristas Anton Jiménez y Raimundo Amador, el trompetista y conguero Jerry González, el flautista Jorge Pardo, el contrabajista Javier Colina y la bailarina premio nacional de danza Lola Greco. En esa película intenté trasladar al lenguaje cinematográfico la lógica interna de la música, desde la manera de encuadrar y montar una falseta de guitarra para que se entienda mejor su ejecución, hasta la relación entre el montaje y el compás de diferentes palos flamencos.
Mayeusis también influyó en mi trayectoria profesional de una manera menos evidente pero clave: dándome referentes adultos que habían construido su vida alrededor del arte. Yo venía de una familia de biólogos y mi formación fuera del conservatorio estaba orientada hacia las ciencias. Mis padres valoraban el arte, pero sin referentes cercanos de artistas, y fue en Mayeusis donde pude intuir esa posibilidad a través de profesores que tenían grupos en activo, componían, habían sido concertistas en grandes orquestas… Algunos sugirieron a lo largo de los años que se me daría bien dedicarme a algo relacionado con el arte y lo creativo. Recuerdo que Ernesto organizó en la que entonces era su aula, la lareira del conservatorio, una pequeña exposición de fotografías en blanco y negro que yo había hecho con una cámara analógica y revelado a mano. A esas edades gestos así o conversaciones mínimas, como las que tenía con Marcos Valcárcel sobre sus años de estudiante en la ENA (Escuela Nacional de Arte) y el ISA (Instituto Superior de Arte), en La Habana, pueden guiar tanto.
También estaba el ejemplo de compañeros que vivían esa formación musical muy en serio y ya parecían destinados a convertirse en los músicos profesionales que son hoy: el clavecinista Diego Ares, los percusionistas Lucía Martínez y Xurxo Núñez o el pianista y compositor Brais González.
Por otra parte, el contacto cotidiano desde pequeña con profesores de otros lugares hizo que estudiar o trabajar en otros países nunca me pareciera algo excepcional, sino una posibilidad natural. Mayeusis ejemplificaba en esa convivencia entre gallegos, lituanos, cubanos y algún ruso una idea del mundo como espacio de circulación entre culturas, lenguas, acentos, músicas y formas de estar. Con el tiempo acabé estudiando y trabajando en Finlandia y en Cuba (incluso hice las prácticas de mi carrera finlandesa en La Habana y dirigí un festival de cine cubano en Finlandia), en una continuidad biográfica que prolongó aquel diálogo entre el mar Báltico y el mar Caribe vivido en el conservatorio.
Ahora que has retomado tus estudios en Mayeusis y que también has decidido que tu familia estudie aquí…
¿Cómo definirías tu experiencia en Mayeusis?
Una experiencia fundamental, tanto para mí como para mi hija. Como alumna ya he contado en detalle lo que significó. Como madre, valoro mucho la formación que está recibiendo Júlia y su sensación de pertenencia.
Aun viviendo a 40 minutos en coche, decidí que estudiase el grado elemental de violonchelo en Mayeusis al saber que seguía allí un profesor tan excepcional como Iminas Kučinskas, que ya enseñaba cuando yo era niña y formaba parte de ese numeroso grupo de profesores lituanos que definieron la primera etapa del conservatorio, con su llegada tras la caída de la URSS: Julius Andrejevas, Paulius Koncė, Rita Ivaškevičiūtė, Rimas Zdanavičius, Aleksandras Jurgelionis, Natalia Pocienne, Ričardas Biveinis, Aldona Dvarionaitė, Algirdas Pocius… De niña me parecía natural que estuvieran ahí, pero con la edad comprendí lo extraordinario de su presencia y el rigor pedagógico y conocimiento musical clásico que encarnaban, al igual que los profesores cubanos que llegaron durante el llamado Periodo Especial cubano. Para mí era importante que mi hija pudiera tener ese tipo de referente, un maestro en el sentido más tradicional del término. Y, en efecto, Iminas está siendo una figura clave en su infancia.
También recibe desde los ocho años formación jazzística con Felipe Villar (y durante un tiempo con Joan Chamorro, que colaboró con el centro), una posibilidad que no existía en Mayeusis cuando yo tenía su edad y que le está ayudando a tener una relación muy natural con la improvisación en la trompeta. Está comprobando de primera mano que la formación en jazz y en música clásica pueden convivir y complementarse, no están reñidas como a veces se transmite, especialmente en España. De hecho, muchos grandes músicos de jazz recibieron formación musical académica de base clásica durante su infancia o juventud, que complementaron al mismo tiempo o después con el estudio del jazz: Nina Simone, Bill Evans, Joe Zawinul, Herbie Hancock, Chick Corea, Keith Jarrett, Wynton Marsallis, Kenny Kirkland, Chucho Valdés, Michel Petrucciani, Cécile McLorin Salvant…
También ha podido vivir algo que considero fundamental: cantar en un coro. Hace poco hablaba con ella precisamente de esa sensación tan particular que aparece al cantar en un coro, de no saber del todo dónde termina tu voz y dónde empieza la del compañero, formar parte de un sonido colectivo en el que te puedes apoyar pero siendo también consciente de tu responsabilidad en el conjunto. Creo que vivir eso de forma empírica en la infancia prepara, por analogía, para muchas otras experiencias humanas.
¿Qué le dirías a una persona que está pensando en estudiar en Mayeusis o anotar a sus hijos/as pero aún no ha dado el paso?
Les diría que en Mayeusis he encontrado profesores extraordinarios, tanto por su calidad docente como por su capacidad para acompañar a los niños y jóvenes en una etapa tan importante de su desarrollo. No conozco a todo el profesorado actual de Mayeusis ni he ido nunca al centro que tiene en Pontevedra como para hacerlo extensible al conjunto, pero sí puedo asegurar que Mayeusis de Vigo tiene entre sus profesores referentes educativos muy sólidos, de esos que dejan huella. Además, como cuando yo era niña, el ambiente entre el alumnado es muy sano. He visto en estos años a muchos niños que no encajan en sus escuelas y que en Mayeusis se sienten integrados. Llama la atención el compañerismo entre estudiantes de edades muy distintas. Además, es un centro que ofrece una flexibilidad valiosa para compaginar los estudios musicales con otras responsabilidades. El edificio acompaña muy bien el aprendizaje musical, con un carácter y sobriedad sacados de otro tiempo (escaleras de caracol, suelos de madera…) tan distinto a la arquitectura funcional y austera de la mayoría de conservatorios. Otro dato a mencionar es que al cursar estudios oficiales se pueden solicitar las becas de la AIE y del Ministerio de Educación, que ayudan a cubrir parte del coste.
Animaría especialmente a quienes, como me ocurrió a mí, no terminaron sus estudios o los terminaron pero se quedaron con la sensación de algo inconcluso en su relación con el instrumento, a plantearse el regreso a la música. Muchos de mis compañeros dejaron su instrumento al abandonar los estudios reglados o al obtener el título de Grado profesional, como si ese fuera el desenlace natural para quienes no iban a dedicarse profesionalmente a la música, en vez de entender ese momento como el punto de partida para una forma más libre y personal de relacionarse con el instrumento. Parece imperdonable haber llegado a ese nivel de comprensión musical y dominio técnico y no retomarlo más, renunciar a algo tan valioso. Les diría que el regreso es muy reparador. Además tienen la posibilidad de retomar las enseñanzas oficiales pero también de estudiar por libre, o de explorar otros estilos.
También animaría a madres, padres y abuelos de alumnos del centro a aprovechar ese tiempo de espera para aprender ellos mismos a tocar un instrumento. Es una maravilla poder tocar música con los hijos, el vínculo, la complicidad, y cómo les conoces desde un lugar distinto. Me consta que actualmente en Mayeusis hay un grupo de adultos muy unido y dedicado.
¿Qué es la música para ti?
Probablemente el principal hilo conductor de mi vida. Algo que me ha ofrecido continuidades, sentido y alegrías en todo tipo de circunstancias.
¿Quieres añadir algo?
Creo que en la formación musical de los niños el conservatorio debería entenderse como un complemento a algo que sucede en casa: escuchar música en familia, ir a conciertos, ver películas relacionadas con la música y ayudarles a desarrollar un criterio de escucha y un repertorio amplio de referencias sonoras. El conservatorio ordena y amplía ese trabajo, pero no puede reemplazarlo, ni cumplir plenamente su función sin esos cimientos. En el contexto actual, dentro de una cultura de hiperestimulación digital en el que la música se consume de forma cada vez más fragmentada, rápida y en segundo plano, esa escucha compartida en familia parece más importante que nunca. Para apoyar esa labor sería interesante que los conservatorios impulsaran clubs de escucha para las familias (al estilo de los clubs de lectura), establecieran acuerdos con teatros y salas, y promovieran encuentros periódicos con músicos de distintos géneros, musicólogos, productores….. Recuerdo tan nítidamente cuando Mayeusis nos trajo a Tete Montoliu para celebrar el 10º aniversario del centro y pudimos conocerle y asistir a una de sus últimas actuaciones.
También creo que, al elegir instrumento, quizá sea necesario pensar un poco menos en el instrumento en sí y un poco más en los maestros que hay en el centro o en un cierto radio. A menudo se pregunta a los niños, a una edad muy temprana, qué instrumento desean tocar, pero según mi experiencia —y la de muchos otros— tiendo a pensar que es más relevante la relación global con la música, el tipo de vínculo discípulo-maestro y los repertorios y universos culturales a los que cada maestro da acceso. Por lo que he podido observar en muchos músicos, el instrumento que termina siendo el propio acaba encontrándose, incluso cuando no es el primero que se estudia.
Por otra parte, me parece que los conservatorios deberían transmitir mejor en sus estrategias de comunicación la profundidad y la riqueza de lo que ocurre en su interior y el valor del profesorado que los sostiene, sin alinearse con esa tendencia general de presentar todo de forma excesivamente ligera e infantilizante. Si algo nos enseña la música es que en lo complejo y profundo hay también mucho disfrute e incluso humor.
Me gustaría terminar la entrevista y esta etapa en Mayeusis agradeciendo a los profesores que he tenido, tanto a los que continúan (Pedro Díaz, Ernesto Campos, Lucas Alonso, Felipe Villar, Eloína Prado, Isidro Betancourt y Paula Lago) como a los que ya no están (Marcos Valcárcel, Nanette Sánchez Ordaz, Luis Caballero Varona, Juan Carlos Vázquez, Rimas Zdanavičius [1937-2026] y Aleksandras Jurgelionis [1937-2021]), así como a Marga, Ana y Francis de administración, y a dos firmes pilares del centro: Iminas Kučinskas y Rita Ivaškevičiūtė. Y de manera muy especial, a mi madre, por su apoyo y constancias durante todos estos años acompañando mi formación musical y la de mi hija.














